
Morante de la Puebla pone el reposo, fuera de contexto, en la vorágine sanferminera
Después de tanto toreo ligero, incluido el que también se vio este viernes - como viene repitiéndose en un abono que ya ha superado el ecuador- el temple, la calma y la magistral sencille...
Después de tanto toreo ligero, incluido el que también se vio este viernes - como viene repitiéndose en un abono que ya ha superado el ecuador- el temple, la calma y la magistral sencillez con que el diestro sevillano se manejó con su lote fueron una brisa de aire fresco entre el bochorno, por mucho que, entre bailes, meriendas y protestas políticas, para la mayoría pasara totalmente desapercibido.
Todo comenzó en el quite que ya le hizo a su primero, toda una declaración de intenciones por la manera de deletrear y saborear cada una de las toreadísimas chicuelinas con que aprovechó la que en principio fue manejable embestida de un astado que acabaría por no confirmarla en el último tercio.
Morante, ya con la muleta, le quitó las ganas de irse suelto con unos soberbios doblones, ganándole terreno hacia los medios, y como la respuesta del toro fue la de rebrincarse sin clase, optó después por aguantarle con una torera firmeza, sin guiño alguno para la galería, hasta lograr, a base de consentir y siempre en el sitio y con la distancia justa, varios muletazos de templada calidad.
No fue, desde luego, faena de premio por la escasa duración del toro, pero sí merecedora de un reconocimiento a esa inteligencia lidiadora que volvió a aplicar ante el cuarto, al que cuajó media docena de verónicas de lento compás, guiando con amplitud los vuelos de su poderoso capote.
Con la muleta, la estrategia y la técnica de Morante también fueron exactas, irreprochables, con esa difícil facilidad que no llega al tendido, y menos aquí a la hora de la merienda, pero sí al toro, en este caso, un ejemplar alto y largo al que, pese a sus atrancadas embestidas, le enjaretó el de la Puebla una docena de naturales soberbios aunque sin ligazón. Lo peor, el único lunar, fue el bajonazo con que firmó, aunque, al tener rápido efecto, en Pamplona agradecieron más que un pinchazo en lo alto.
El lote más completo de la corrida le cupo en suerte a Borja Jiménez, que, por velocidad, fue el auténtico contrapunto de Morante esta tarde. A su primero, al que saludó con una larga cambiada, nunca llegó a reducirle el ritmo de la embestida el rubio torero, pese a que el animal descolgó mucho tras un engaño del que pedía un temple y una suavidad que no encontró en una tensa faena que se abrió y se cerró con el torero de rodillas.
Aun así, los fallos con la espada privaron a Jiménez de algún más que probable de esos generosos trofeos que son ya norma de esta plaza, igual que le sucedería ante un quinto, cinqueño y voluminoso, que se movió sin emplearse demasiado, pero sin mayor complejidad, durante la amontonada y espesa faena del diestro de Espartinas, que nunca llegó a imponerse.
Pablo Aguado, como tercer sevillano del cartel, solo acertó a atemperar el calamocheo de su primero en una excelente tanda de naturales, la única en la que le aplicó la indicada fórmula de moverle la muleta por debajo de la pala de los pitones y que ya no volvió a aplicar antes de una buena estocada.
Y tampoco llegó a concretar demasiado ante un sexto colorado, el más hondo de la corrida, que también agradecía un toreo más sometido y prolongado que el que tuvieron los ligeros, cortos y poco asentados muletazos de Aguado, al que faltó mayor apuesta para haber obtenido mejores resultados.
Seis toros de Álvaro Núñez, de muy dispar volumen y cuajo, alguno demasiado suelto de carnes, pero en general de finas hechuras. En cuanto a juego, a falta de un mayor punto de raza y empuje, tres de ellos ofrecieron muchas posibilidades, con embestidas repetidas y más o menos entregadas, mientras que los otros tres no tuvieron remate de su nobleza.
Morante de la Puebla, de canela e hilo blanco: media estocada trasera (ovación); pinchazo bajo y estocada baja (ovación).
Borja Jiménez, de celeste y oro: dos pinchazos, estocada baja contraria y descabello (silencio tras aviso); cuatro pinchazos y estocada delantera (silencio).
Pablo Aguado, de corinto y oro: estocada (ovación); estocada desprendida delantera atravesada (silencio tras aviso).
Sexto festejo de la feria de San Fermín, con lleno total en los tendidos (19.700 espectadores) en tarde de calor más llevadero que las anteriores.
