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Andariega: la ciudad que aprendió a caminar

Hay ciudades que nacen alrededor de una plaza, crecen siguiendo el curso de un río y terminan echando raíces en un sitio determinado. Y hay otras cuya historia parece escrita con los pies. Villar...

Hay ciudades que nacen alrededor de una plaza, crecen siguiendo el curso de un río y terminan echando raíces en un sitio determinado. Y hay otras cuya historia parece escrita con los pies. Villarrica pertenece a esta segunda categoría.

Antes de ser la ciudad que hoy conocemos, antes de la Catedral, de las calles arboladas, de las casas antiguas, de las instituciones educativas, de los poetas, músicos y artistas que ayudaron a construir su fama de “Ciudad Culta”, Villa Rica del Espíritu Santo fue una población en movimiento. Durante 113 años de su existencia temprana tuvo siete asentamientos y atravesó seis grandes mudanzas, en una peregrinación que la llevó desde el territorio del actual estado brasileño de Paraná hasta las cercanías de la cordillera del Ybytyruzú.

Esa historia, que durante generaciones sobrevivió entre documentos, relatos familiares, libros de historia y la memoria colectiva de los guaireños, es el corazón de “Andariega. Villa Rica del Espíritu Santo: fundación y mudanzas ilustradas”, una obra de María Sol Arrúa Ayala y Ana Liz Resquín de Benítez.

El libro no se limita a enumerar fechas. Tampoco pretende ser un pesado tratado histórico. Su apuesta es otra: tomar un episodio extraordinario de la historia paraguaya y contarlo de manera que pueda ser comprendido, disfrutado y transmitido por distintas generaciones.

La publicación nació de aproximadamente dos años de investigación y consulta de documentos, entre ellos materiales conservados en el Archivo Nacional de Asunción. A ese trabajo de reconstrucción histórica se sumó el lenguaje visual de Ana Liz Resquín, cuyas ilustraciones convierten los desplazamientos de aquella Villa Rica en una historia que también puede recorrerse con los ojos.

El resultado es un libro que habla de historia, pero también de pertenencia. Porque detrás de cada mudanza aparece una pregunta mucho más cercana: ¿qué hace que una comunidad siga siendo la misma cuando cambia de lugar?

Una ciudad que no encontraba dónde quedarse

Para entender “Andariega” hay que retroceder hasta 1570.

El 14 de mayo de aquel año, el capitán español Ruy Díaz de Melgarejo fundó Villa Rica del Espíritu Santo en la antigua región del Guairá, territorio que actualmente forma parte del estado brasileño de Paraná. La expedición había llegado hasta aquella región en busca de riquezas minerales y con la intención de consolidar la presencia española en un territorio estratégico. El nombre de la nueva población quedó asociado, según el relato recuperado por las autoras, a la celebración de Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo.

Pero aquella primera Villa Rica no estaba destinada a permanecer en el lugar donde fue fundada.

La razón fundamental de su peregrinación estuvo relacionada con la violencia que se extendía por la región. Las incursiones de los bandeirantes y mamelucos provenientes de São Paulo alteraron profundamente la vida de las poblaciones del antiguo Guairá. Los ataques buscaban, entre otras cosas, capturar indígenas y apropiarse de territorios. Las reducciones y poblaciones españolas quedaron expuestas a un peligro permanente. Villa Rica sufrió directamente las consecuencias.

Por eso la respuesta a una de las preguntas centrales que plantea la historia de la ciudad es relativamente clara: Villa Rica no se mudaba porque sus habitantes tuvieran una vocación romántica por andar de un sitio a otro. Se mudaba porque permanecer podía significar desaparecer.

Sin embargo, reducir toda la historia a la persecución de los bandeirantes también sería simplificarla. Las razones fueron cambiando según el momento. Hubo desplazamientos provocados por invasiones y amenazas militares, pero también decisiones políticas, problemas de defensa, dificultades económicas y condiciones poco favorables para la agricultura o el abastecimiento de agua. La propia documentación histórica muestra que, en algunos momentos, los guaireños reclamaron mejores condiciones para establecerse de manera permanente.

La ciudad, en otras palabras, caminaba porque debía sobrevivir.

Y allí empieza la dimensión más interesante de “Andariega”: el libro permite comprender que una mudanza colectiva no es simplemente cambiar de coordenadas en un mapa. Significa desmontar una vida y volver a construirla. Significa trasladar familias, autoridades, cultivos, pertenencias, creencias, recuerdos y expectativas. Significa fundar nuevamente una comunidad sin dejar de ser la misma comunidad.

Seis mudanzas, siete ciudades

Una de las virtudes de la obra de Arrúa y Resquín es que transforma un dato que podría parecer frío —siete asentamientos— en un recorrido.

La primera mudanza suele situarse en 1592, cuando Villa Rica se desplazó aproximadamente 100 kilómetros hacia el este del sitio original. La segunda ocurrió en 1599, cuando la población fue trasladada hacia las proximidades del río Mbotetey, afluente del río Paraguay.

Después vendrían años mucho más convulsionados.

En 1632 una nueva ofensiva de mamelucos provocó la dispersión de los habitantes. Tras varios años de desplazamientos, en 1634 el gobernador Martín de Ledesma Valderrama ubicó a la población en los campos de Yaru. En 1642 se produjo otro éxodo hacia la zona de Curuguaty.

Luego llegaría la etapa final de aquella peregrinación.

En 1674, los ataques y las amenazas volvieron a afectar a los pobladores, que se refugiaron y terminaron trasladándose hacia Itapé. En 1678 se establecieron en Espinillo, en las proximidades del río Tobatyry, en lo que hoy corresponde aproximadamente a la zona de Coronel Oviedo. El lugar, sin embargo, tenía un problema decisivo: no ofrecía buenas condiciones para la agricultura y el agua escaseaba.

Fue entonces cuando la historia empezó a mirar hacia el Ybytyruzú.

En 1679 algunos vecinos fueron comisionados para explorar terrenos situados más allá del Tebicuary. Encontraron tierras fértiles y cursos de agua en las inmediaciones del Ybytyruzú. El 25 de mayo de 1682 recibieron autorización para establecerse allí, y la población terminó asentándose en el lugar que ocupa actualmente Villarrica. La aprobación real definitiva llegaría décadas después, mediante una cédula de 1701.

Así se cerraba una peregrinación de más de un siglo.

¿Cada cuánto se mudaba Villa Rica?

La pregunta parece sencilla, pero la respuesta revela algo fascinante.

Si se toma como referencia la fundación de 1570 y el asentamiento definitivo de 1682-1683, transcurrieron aproximadamente 112 años. Durante ese período se produjeron seis grandes mudanzas. El promedio matemático sería de unos 18 o 19 años entre un traslado y otro.

Pero ese promedio esconde una historia mucho más irregular.

Villa Rica permaneció aproximadamente dos décadas y media en su primer asentamiento. Luego tuvo un período relativamente prolongado en el siguiente. Después comenzaron los desplazamientos cada vez más frecuentes: la presión militar y las dificultades de supervivencia hicieron que la comunidad pasara por períodos mucho más breves en determinados lugares. En los últimos años de la peregrinación, los cambios se sucedieron con una rapidez notable.

Por eso “Andariega” no debería interpretarse como la historia de una ciudad que se mudaba mecánicamente cada cierto número de años. Fue, más bien, una comunidad que buscaba desesperadamente un lugar donde pudiera vivir en paz.

Y esa diferencia importa.

¿Quiénes fueron los otros “fundadores”?

La figura de Ruy Díaz de Melgarejo ocupa naturalmente el primer lugar en la historia porque fue quien fundó Villa Rica en 1570. Pero las seis mudanzas posteriores plantean una cuestión interesante: ¿quién fundaba nuevamente la ciudad cada vez que esta cambiaba de lugar?

La respuesta no es tan sencilla como elaborar una lista de siete fundadores.

Los documentos históricos muestran que los sucesivos asentamientos fueron producto de decisiones de gobernadores, autoridades coloniales, cabildos y vecinos. En algunos casos aparece con claridad la autoridad que ordenó o concretó el traslado; en otros, fueron los propios pobladores quienes, ante la necesidad, se dispersaron, buscaron un nuevo sitio y luego procuraron autorización para establecerse.

Uno de los nombres que sobresale es Martín de Ledesma Valderrama, gobernador que ubicó a Villa Rica en los campos de Yaru en 1634. También aparecen autoridades y vecinos vinculados con los posteriores desplazamientos, pero no sería correcto atribuir cada asentamiento a un “fundador” individual equivalente a Melgarejo.

De hecho, esa ausencia de una sucesión de grandes fundadores permite mirar la historia desde otro ángulo: la continuidad de Villa Rica no dependió solamente de sus gobernantes, sino de la capacidad de sus habitantes para reconstruir la comunidad una y otra vez.

Quizás allí esté una de las claves más profundas del libro.

La ciudad no sobrevivió porque alguien la fundara siete veces. Sobrevivió porque sus habitantes se negaron a dejar que desapareciera.

El mapa de una identidad

Hay algo particularmente poderoso en mirar el mapa de las siete mudanzas.

El recorrido permite observar cómo aquella población fue desplazándose progresivamente hacia el oeste. Cada punto representa una etapa de la historia, pero también una herida y una reconstrucción.

En “Andariega”, ese mapa tiene un papel fundamental porque permite visualizar algo que una lista de fechas difícilmente consigue transmitir: la magnitud del desplazamiento.

La actual Villarrica está lejos de aquel primer lugar de fundación. La ciudad que hoy reconocemos como capital del Guairá tiene, en realidad, una geografía histórica mucho más extensa. Su memoria se reparte entre territorios que hoy pertenecen incluso a otro país.

Ese dato convierte a Villarrica en un caso extraordinario dentro de la historia paraguaya. El actual departamento de Guairá conserva el nombre de una región histórica mucho mayor, cuyo territorio se extendía hacia el este del Paraná. Villarrica es, además, uno de los pocos núcleos de aquella antigua región que logró sobrevivir a la destrucción y al desplazamiento.

Por eso el mapa de “Andariega” no es simplemente una ilustración. Es casi un árbol genealógico de la ciudad.

Una “alma nómada” nacida del desarraigo

La palabra “andariega” tiene una fuerza particular cuando se aplica a Villarrica. No describe solamente una característica geográfica del pasado. Con el tiempo se convirtió en una forma de hablar sobre la propia identidad guaireña.

¿Adoptaron los guaireños una suerte de “alma nómada”?

La historia permite responder que, al menos como metáfora cultural, hay motivos para pensarlo.

Una comunidad que durante generaciones tuvo que abandonar sus casas y volver a empezar desarrolló necesariamente una relación distinta con el territorio. El lugar podía cambiar, pero algunas cosas debían permanecer: el nombre, las costumbres, las relaciones familiares, la organización comunitaria, la fe, las formas de trabajo y, con el tiempo, una extraordinaria vocación por preservar y producir cultura.

La paradoja es hermosa: una ciudad que no pudo echar raíces durante más de un siglo terminó desarrollando una de las identidades culturales más arraigadas del Paraguay.

De allí que “Ciudad Culta y Andariega” no sea una simple frase ornamental. La cultura pudo haber sido precisamente una de las maneras mediante las cuales la comunidad mantuvo continuidad en medio del movimiento.

“Andariega” parece dialogar con esa misma idea: caminar no como sinónimo de perderse, sino como una manera de resistir.

El misterio de hacer las cosas “al revés”

Si hay una historia capaz de provocar una sonrisa entre los guaireños, es aquella que explica por qué los habitantes de Villarrica tienen fama de hacer las cosas “al revés”.

La leyenda cuenta que, durante las persecuciones de los bandeirantes, los habitantes de la región habrían colocado las señales y flechas de los caminos en sentido contrario. De esa manera buscaban confundir a los perseguidores y conducirlos lejos de sus refugios.

Otra versión sostiene que los pobladores incluso caminaban deliberadamente en sentido contrario, dejando huellas que pudieran engañar a quienes los perseguían.

Es una historia atractiva porque parece condensar en una sola anécdota la personalidad que los guaireños atribuyen a sí mismos: ingeniosos, capaces de buscar otra salida, poco amigos de seguir el camino establecido.

Pero hay que hacer una distinción importante: es una leyenda, no un hecho histórico demostrado documentalmente.

La persecución bandeirante sí está ampliamente documentada. Los ataques a Villa Rica y a otras poblaciones del antiguo Guairá fueron reales y provocaron desplazamientos, destrucción y éxodos. En 1676, por ejemplo, los bandeirantes llegaron a apoderarse de Villa Rica, obligando a sus habitantes a abandonar sus hogares.

Lo que no está demostrado de la misma manera es que los guaireños hayan utilizado sistemáticamente señales invertidas para engañarlos.

Sin embargo, las leyendas también forman parte de la historia cultural. Y en este caso, resulta difícil encontrar una imagen más apropiada para una ciudad que durante más de un siglo tuvo que aprender a buscar caminos alternativos.

El “revés” puede ser leído, entonces, como una metáfora de supervivencia.

Cuando el camino habitual conduce al peligro, hay que buscar otro.

Cuando una ciudad es expulsada de un territorio, hay que volver a fundarla.

Cuando la historia parece haber escrito un final, hay que empezar de nuevo.

Una historia para mirar, no solamente para leer

Uno de los mayores aciertos de “Andariega” está en comprender que acercar la historia a nuevas generaciones exige encontrar otro lenguaje.

María Sol Arrúa es abogada, investigadora, gestora cultural y activista social y ambiental. Su trabajo se ha vinculado con la protección del patrimonio, la recuperación de la memoria y la participación comunitaria. También es autora del libro de poemas “Así canta el corazón”, donde explora la memoria y la experiencia humana desde una voz íntima y reflexiva.

Ana Liz Resquín, por su parte, lleva más de dos décadas dedicada a la docencia artística y cuenta con una extensa producción que supera el millar de obras entre pinturas, acuarelas, grafitos, esculturas y murales. Su trayectoria está profundamente vinculada con la identidad guaireña.

Juntas encontraron un punto de encuentro entre investigación y arte.

Las ilustraciones no funcionan simplemente como decoración. Cumplen una tarea pedagógica: ayudan a que la historia pueda ser entendida por niños, jóvenes y adultos. Incluso alguien que todavía no sabe leer puede seguir, a través de las imágenes, el desplazamiento de una comunidad.

La intención es especialmente significativa en tiempos en que la historia local corre el riesgo de convertirse en una sucesión de fechas que los estudiantes memorizan para luego olvidar.

“Andariega” propone otra cosa.

Propone que una fecha tenga un paisaje.

Que una mudanza tenga un rostro.

Que una persecución tenga un camino.

Que una ciudad pueda ser comprendida como una comunidad de personas y no solamente como un punto en el mapa.

La historia vuelve a caminar

Tras su lanzamiento original en Villarrica, realizado en julio, “Andariega” volvió a ponerse en movimiento. El pasado miércoles, el libro fue presentado en el Centro Cultural de la República El Cabildo, en Asunción, acompañado por la exposición “7 Mudanzas”, de Ana Liz Resquín.

La presentación permitió llevar la historia de Villa Rica a otro escenario cultural y poner en diálogo el libro con una muestra visual dedicada precisamente a los siete asentamientos de la ciudad. La exposición permanecerá abierta al público hasta el 3 de setiembre.

La propuesta resulta especialmente simbólica.

Una historia que comenzó con una ciudad que caminaba vuelve a caminar ahora a través de sus páginas y sus imágenes.

De Villarrica a Asunción, de los documentos del Archivo Nacional a las ilustraciones, del pasado colonial al presente, “Andariega” vuelve a recorrer el territorio paraguayo para contar algo que quizás los propios guaireños saben desde siempre, aunque no siempre hayan tenido la oportunidad de explicarlo: que pertenecer a un lugar no significa necesariamente haber permanecido siempre en el mismo sitio.

El verdadero viaje

Al terminar de recorrer “Andariega”, la palabra “mudanza” adquiere otro significado.

Mudarse no fue solamente dejar un asentamiento y levantar otro. Fue trasladar una identidad.

Los habitantes de Villa Rica perdieron casas, cultivos y bienes. Tuvieron que abandonar territorios enteros. Vieron desaparecer poblaciones vecinas y convivieron durante décadas con la amenaza de nuevos ataques. Pero llevaron consigo algo que no podía ser destruido por una incursión: la decisión de seguir siendo Villa Rica.

Por eso quizá la historia de las siete mudanzas no deba ser contada únicamente como una historia de pérdidas. También es una historia de persistencia.

La ciudad que hoy conocemos como Villarrica es la última estación de un viaje iniciado en 1570. Entre aquel primer asentamiento y el actual hubo bosques, ríos, caminos, huidas, ataques, enfermedades, incertidumbres, decisiones políticas y búsquedas de tierras fértiles. Hubo generaciones que nacieron en un lugar y murieron en otro. Hubo familias que vieron cambiar el paisaje varias veces.

Y, sin embargo, la ciudad sobrevivió.

Sobrevivió hasta convertirse en la “Ciudad Culta”, en una tierra de poetas y músicos, de artistas y docentes, de instituciones educativas y espacios culturales. Una ciudad que sigue reivindicando aquella condición de “andariega” como parte de su personalidad.

Quizás esa sea la mayor enseñanza que deja el libro de María Sol Arrúa y Ana Liz Resquín.

Que una ciudad no es solamente el lugar donde están sus edificios.

Una ciudad también es aquello que sus habitantes deciden llevar consigo cuando todo lo demás debe quedar atrás.

Villa Rica caminó durante más de un siglo buscando un lugar donde quedarse. Lo encontró finalmente junto al Ybytyruzú.

Pero, paradójicamente, nunca dejó de caminar del todo.

Porque ahora camina en sus libros, en sus relatos, en sus obras de arte, en sus escuelas, en la memoria de sus familias y en cada generación que vuelve a preguntarse de dónde viene.

“Andariega” es, en ese sentido, mucho más que un libro sobre seis mudanzas.

Es el relato de cómo una comunidad convirtió el desarraigo en memoria, la memoria en identidad y la identidad en cultura.

Y quizá por eso la vieja historia de la ciudad que caminaba sigue teniendo algo que decirle al presente: a veces, para permanecer, primero hay que aprender a caminar.

Fuente: https://www.abc.com.py/edicion-impresa/suplementos/abc-revista/2026/08/31/andariega-la-ciudad-que-aprendio-a-caminar/

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